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No es retro, aunque viera la luz hace más de una década. No es actual, pero sigue luciendo espectacular. Es, simplemente, Gears of War, un clásico moderno nacido en la Xbox 360 que sigue vivo a día de hoy. Pero es de la obra original de lo que quiero hablar, esa primera entrega que sentaría las bases para numerosos títulos posteriores que de ella bebieron. Después de más de un mes sin analizar un solo juego, retomo esta sección del blog con esta aclamada propuesta de acción dura y directa sobre la cual, pese a que es difícil que haya alguien que no la conozca, creo que todavía es posible aportar alguna cosa o, al menos, exponer una opinión personal.

Gears of War nos sitúa en un momento concreto de un largo conflicto armado entre la raza humana y los Locust, criaturas de aspecto humanoide que viven en el subsuelo. Estos luchan para eliminar a una especie que consideran invasora mientras que los humanos lo hacen por sobrevivir.

Tomamos el papel de Marcus Fénix, un bravo soldado que ha sido encarcelado por un delito de traición. Su mejor amigo, Dominic Santiago, lo libera y devuelve al campo de batalla. Otros dos personajes principales se nos unirán más adelante: el cabo Damon Baird y el gigantesco August Cole “Train”. Pero tanto estos como el resto de los que aparecen a lo largo del juego son solo seleccionables en los modos multijugador, siendo Marcus el único que podemos llevar si jugamos en solitario.

Hay que decir que no existe ninguna diferencia entre ellos. Es decir, todos tienen las mismas capacidades y no destacan sobre los demás en ningún aspecto. Pueden, pues, correr agachados y cubrirse tras cualquier zona que pueda servir de barrera y utilizar cualquier tipo de arma de las muchas disponibles, sean de corto, medio o largo alcance, así como lanzar granadas. Es precisamente esta mecánica, la de cubrirse y disparar, ya sea a ciegas o mostrándonos levemente para apuntar con más precisión, la base jugable sobre la que se construye todo el título, dado que salvo en momentos puntuales es todo lo que haremos con el objetivo de eliminar las hordas de enemigos que van apareciendo.

La munición no es infinita y debemos, además, recargar el arma continuamente para poder continuar acabando con los Locust. El juego nos brinda una pequeña ayuda en este sentido, pues si somos capaces de sincronizar bien la recarga, nuestros disparos causarán más daño (y si apuntamos a la cabeza, este será aún mayor). En caso contrario, el arma se atascará y perderemos tiempo (y puede que algo más). Por fortuna, por el camino encontraremos cajas de munición y armas que podemos coger si nos conviene. A este respecto también hay limitaciones: solo podremos cargar con un tipo de pistola, dos armas de medio o largo alcance (escopeta, ametralladora, ballesta, etc) y una cierta cantidad de granadas. Tarea nuestra es descubrir qué arma funciona mejor dependiendo del tipo de enemigo y las condiciones del combate.

No obstante, que nos quedemos sin munición no significa que estemos del todo indefensos. Podemos efectuar ataques cuerpo a cuerpo, golpeando con el arma que llevemos en las manos en ese momento. Y aquí entra una de las señas de identidad de Gears of War ya que si estamos utilizando el Lancer podremos activar la sierra mecánica que lleva incorporada para cortar y triturar al enemigo, además de deshacernos de ciertos obstáculos como mobiliario o puertas de madera que nos bloqueen el paso.

Esto sería, a grandes rasgos, la jugabilidad de Gears of War en el modo historia. Sin embargo, en el multijugador la cosa cambia. La acción es todavía más frenética y no hay apenas un momento de respiro. Los enfrentamientos se dan por equipos, siendo uno de humanos y el otro de Locust, y el objetivo no es otro que eliminar a todo el conjunto rival haciendo buen uso de las características de cada mapa y los recursos por él repartidos. Personalmente es un modo de juego que toqué muy poco, por lo que no puedo valorarlo de la misma forma que lo haría alguien experto. Para mí es un añadido que ahí está pero que nunca me despertó mucho interés.

El cooperativo en el modo historia ya es otra cosa, y lo cierto es que en según qué momentos se agradece tener a tu lado a una persona y no un bot manejado por una inteligencia artificial que es precisamente todo menos inteligente, puesto que tiende a lanzarse de manera suicida hacia el frente enemigo, lo que hace que el personaje caiga pronto a las primeras de cambio, especialmente en los niveles de dificultad elevados donde el daño recibido es mucho más alto. Un fallo que, guste o no, empaña la experiencia aunque en su momento muchos se lo perdonásemos.

Y es una lástima porque en el resto de apartados Gears of War cumple con creces. Especialmente en lo técnico donde, en su momento, marcó un techo gráfico que no fue nada fácil de superar y prueba de ello es que, tantos años después, sigue como dije al principio luciendo muy bien. Escenarios y personajes presentan un nivel de detalle increíble, y se mueven con soltura a pesar de la cantidad de ellos que se puede llegar a ver en pantalla junto a unos efectos de explosiones, fuego y humo igualmente muy logrados.

Y en lo sonoro no se queda atrás, con una genial recreación del sonido de los disparos y las mencionadas explosiones, a lo que hay que sumar un excelente doblaje que hace que estemos casi ante una película más que un juego. Tanto en un apartado como en el otro no hay nada que objetar. Todo lo contrario, ha de ser alabado como el gran trabajo que fue y sigue siendo pese al tiempo transcurrido desde su creación.

Ahora bien, los tiempos cambian y nosotros con ellos. Quiero con esto decir que aunque en su día disfruté con este juego, no puedo decir lo mismo en la actualidad. Ello no hace al juego peor, faltaría más, pero sí que no pueda “premiarlo” como lo habría hecho antaño. Gears of War, que en su momento me impresionó, dejó de hacerlo cuando terminé la tercera entrega, la cual por cierto me costó bastante acabar por culpa del agotamiento que me produjo una fórmula que, aun con las diversas novedades que con el tiempo se fueron introduciendo, creo que ya no daba para más. Ya lo dice el refrán: lo poco gusta, lo mucho cansa. Y tuvimos, en mi opinión al menos, demasiados Gears of War en relativamente poco tiempo. Qué duda cabe de que sigue teniendo muchos seguidores detrás pero yo ya no me encuentro entre ellos, y no creo que vuelva a estarlo jamás.

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